martes, 27 de julio de 2010

Contemplamos los astros en los cielos, uno único que nos cobija, y, entre ellos, la luz última de aquellos que ya explotaron. Nuestros ojos se engañan con los restos de su existencia. Vemos la memoria de las estrellas.
La beso, a ella la beso, y no soy hipócrita. La beso como podría morderla, y a veces la muerdo, o comérmela y masticarla y digerirla. Porque hay una desesperada necesidad, casi diría una obligación, de marcar al otro, a la otra, aunque sea con los dientes, y aunque alguno de éstos sea postizo. Dejar una marca propia es cosa de vida o muerte, o de muerte solamente, porque la intención subterránea es traspasar la muerte, es seguir existiendo después del fin. Y a esos efectos tanto sirve la existencia de un hijo como la de una cicatriz. Después de todo, también el hijo es una cicatriz. Buena definición para proponer a la Academia, Hijo: cicatriz del amor.

-Mario Benedetti. Gracias por el fuego.-