lunes, 1 de febrero de 2010

Hemos conquistado el cielo,
pero las estrellas se nos siguen escapando,
lejanas y ajenas cada noche nos recuerdan
que vale la pena volar por ellas.
Aunque sepamos que jamás
hallaremos su pureza extinta, su luz,
que siempre alumbrarán, sin sentimiento,
que son como ilusiones incandescentes
de quien persigue el horizonte sin sosiego.
De quien vive el sueño y lo eleva a su máximo exponente,
y el sueño sobrepasa al soñador en el filo de la vida.
De quien cabalga el ocaso y sabe
que en esta era lo hemos camuflado en las ciudades.
Que apenas nadie se detiene ya
a contemplarlo ensombrecido, degradado,
porque ya lo sencillo y los detalles apenas se aprecian.
Porque hay que fugarse a dónde el atardecer se nos muestra
efímero y esplendoroso, con su fulgor puro,
para guardar ese momento por decenios.
Aquel que vale la pena por mil intentos previos,
por distancias incalculables.